Una facción del Cártel de Sinaloa, debilitada por una guerra interna y presión internacional, se alió con su rival CJNG, lo que podría reconfigurar el narcotráfico global.

Una alianza inesperada entre facciones rivales del narcotráfico mexicano podría marcar un cambio histórico en la estructura del crimen organizado a nivel mundial. Los llamados «Chapitos», hijos del narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán y líderes de una de las dos principales facciones del Cártel de Sinaloa, han pactado una colaboración con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), su antiguo enemigo, según revelaron fuentes cercanas al caso.
El acuerdo llega en un momento crítico para el Cártel de Sinaloa, que atraviesa una profunda crisis derivada de una guerra interna contra la facción de Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los fundadores del grupo, así como por la intensa ofensiva militar y judicial desplegada por México y Estados Unidos, especialmente por presión del gobierno de Donald Trump para frenar el tráfico de fentanilo.
El pacto implica una cesión de territorio a cambio de dinero y armas, en un intento desesperado por mantener a flote el poderío de Los Chapitos, quienes han sufrido importantes bajas, pérdidas financieras y operativas en los últimos meses. Según analistas, este movimiento puede dar un impulso definitivo al CJNG para posicionarse como el cártel más poderoso del mundo, con capacidad ampliada de producción y distribución internacional.
La alianza, que tardó meses en concretarse y requirió negociaciones fuera del país, rompe con años de enfrentamientos violentos entre ambos grupos, responsables de miles de muertes y desapariciones en México. Vanda Felbab-Brown, especialista en crimen transnacional de la Brookings Institution, comparó esta unión con un pacto estratégico de la Guerra Fría: “Tiene implicaciones globales sobre cómo se desarrollará el conflicto y cómo se reorganizarán los mercados criminales”.
Eduardo Guerrero, analista de seguridad, lo ejemplificó de forma contundente: “Es como si el CJNG hubiera fichado a Messi”, haciendo referencia al alcance, capital y experiencia que aportan los herederos de El Chapo.
Sin embargo, esta reconfiguración podría detonar nuevas guerras en regiones clave, al alterar el frágil equilibrio de poder entre otros grupos criminales que también controlan rutas estratégicas de tráfico. La violencia en Sinaloa ya ha dejado más de 1,300 muertos y 1,500 desaparecidos, incluyendo recientes asesinatos con ejecuciones públicas, tiroteos en avenidas concurridas y escenas donde el dolor familiar se mezcla con la indiferencia del comercio informal.
La fractura del Cártel de Sinaloa se agravó cuando Joaquín Guzmán López, uno de Los Chapitos, traicionó a Zambada entregándolo a las autoridades de Estados Unidos, provocando una ola de represalias. A esto se suman las incautaciones, redadas y despliegues militares en Sinaloa, lo que ha obligado a trasladar parte de la producción de fentanilo a otros estados del país.
Pese a estos esfuerzos, expertos como John Creamer, exdiplomático de EE.UU., advierten que desmantelar completamente estas estructuras es una tarea casi imposible. “Puedes perturbarlos y crear caos, pero el narcotráfico siempre se recupera. Eso es lo que hace que la guerra contra las drogas sea tan frustrante”.
Mientras tanto, la vida cotidiana en ciudades como Culiacán se ve atravesada por el miedo, la resignación y la violencia. En plena escena de un crimen, un vendedor aprovecha la concentración de soldados para vender limonada, mientras observa con las manos temblorosas cómo una familia llora la muerte de un ser querido.
La alianza entre CJNG y Los Chapitos, sellada en medio de la sangre y la presión internacional, podría redefinir el narcotráfico global, y con ello, profundizar aún más la tragedia de millones de personas atrapadas en esta guerra sin fin.