Las mafias italianas, como la Cosa Nostra y la Ndrangheta, han sustituido la violencia por la corrupción como estrategia principal para expandirse globalmente.

En contraste con los cárteles mexicanos, cuya brutalidad domina titulares y territorios, las mafias italianas han optado por una transformación estratégica. En lugar de balas, ahora utilizan billetes, sobornos y operaciones financieras para consolidar su dominio criminal. Según el informe del servicio de análisis criminal de la policía italiana, los homicidios mafiosos se redujeron un 72% en menos de una década: de 53 en 2015 a solo 15 en 2024. La diferencia es aún más drástica si se compara con la década de los 90, cuando la violencia era el sello de la Cosa Nostra y sus atentados aterrorizaron al país.
Durante esos años, la mafia siciliana llegó a asesinar a figuras clave como los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, además de perpetrar atentados contra símbolos culturales italianos. La respuesta del Estado fue contundente, con la operación “Vespri Siciliani”, el despliegue de 150 mil efectivos y el arresto del capo Salvatore “Totó” Riina. Las reformas legales, el aislamiento carcelario para mafiosos y la creación de la Dirección Investigativa Antimafia (DIA) marcaron un punto de inflexión.
Hoy, esa Cosa Nostra violenta ya no existe. Como explica Nicola Gratteri, fiscal de Nápoles, las mafias entendieron que matar ya no conviene, pues la represión estatal puede ser demoledora. En cambio, ahora se enfocan en la corrupción y el poder económico, especialmente mediante la infiltración de la economía legal. Una de las herramientas más efectivas ha sido el decomiso de bienes mafiosos que posteriormente son devueltos a la sociedad.
En este nuevo esquema, la Ndrangheta —la mafia calabresa— ha ganado protagonismo. Mientras la Cosa Nostra era blanco de la justicia por su violencia, la Ndrangheta creció en las sombras, enfocada en el tráfico internacional de cocaína. En los años 70 se enriqueció con los secuestros, pero en los 90 dio un giro estratégico: en lugar de exponerse con asesinatos, comenzó a invertir en la economía formal usando empresas fachada y prestanombres.
Los expertos antimafia Federico Cafiero de Raho y Francesco Forgione coinciden en que las tres grandes mafias italianas —Cosa Nostra, Ndrangheta y Camorra— siguen recurriendo a la violencia, pero solo como último recurso. Primero mandan mensajes sutiles; si hay resistencia, entonces recurren a métodos más extremos. No obstante, su poder actual está en su capacidad de operar sin llamar la atención, corrompiendo e infiltrando sectores clave de la economía.
La legislación italiana ha sido clave en esta lucha: el decomiso masivo de bienes, la protección de testigos y “arrepentidos”, y el ataque a la estructura económica de las mafias han minado su fuerza interna y credibilidad. Aun así, siguen activas y evolucionando.
Cuando se comparan con los cárteles mexicanos, las diferencias son abismales. En México, el nivel de violencia y control territorial de los grupos criminales ha alcanzado dimensiones alarmantes. Para los especialistas italianos, el problema mexicano es estructural: falta de control estatal, debilidad judicial y ausencia de leyes proporcionales a la amenaza. Hablan de fosas clandestinas y hornos crematorios como muestra de un crimen fuera de control.
A juicio de Cafiero de Raho, Gratteri y Forgione, México requiere una estrategia integral y radical: golpear las finanzas del narco, recuperar territorios y combatirlos con una fuerza equiparable. “Contra ejércitos, hay que usar ejércitos”, resumen. Porque mientras Italia logró arrinconar a sus mafias históricas a través de leyes firmes, inteligencia financiera y respuesta militar, México aún tiene frente a sí el desafío de reconquistar al Estado mismo.