En Afganistán, miles de niñas mayores de 12 años solo pueden asistir a madrasas religiosas, mientras otras arriesgan su vida estudiando en secreto para recibir una educación real.

Desde la llegada del régimen talibán en 2021, Afganistán es el único país del mundo que impide a las niñas recibir educación secundaria y universitaria. Aunque los líderes prometieron que sería una suspensión temporal, han pasado cuatro años sin cambios.
La única opción legal para muchas niñas son las madrasas, escuelas religiosas aprobadas por los talibanes. En instituciones como la madrasa Naji-e-Bashra, en Kabul, las alumnas memorizan el Corán y estudian bajo un plan dictado por el gobierno, que ha eliminado materias como historia crítica, geografía moderna o derechos humanos.
Las madrasas públicas ofrecen exclusivamente contenido religioso. Algunas privadas, como la mencionada, incluyen inglés o ciencias en secreto. Sin embargo, incluso estas están lejos de proporcionar una educación completa.
Nargis, una joven afgana de 23 años, era estudiante de economía antes del cierre de universidades para mujeres. Desde entonces, fundó una escuela secreta en su casa, donde enseña a 45 niñas cada mañana antes de que inicien los patrullajes talibanes. El riesgo es constante: hace dos meses fue encarcelada por un día tras ser descubierta.
“El futuro desapareció cuando los talibanes tomaron el poder”, dice. Pese a haber sido becada en un programa internacional financiado por EE.UU., el proyecto fue cancelado este año. “No fue solo el fin de mis estudios, fue el fin de mis sueños”.
Las restricciones educativas forman parte de un patrón más amplio de represión hacia las mujeres: no pueden viajar solas, trabajar en la mayoría de empleos, ni siquiera acudir a parques. La Corte Penal Internacional ha solicitado órdenes de arresto por crímenes de lesa humanidad contra altos mandos talibanes.
El número de madrasas ha crecido en casi 23 mil desde 2021. Para el régimen, estas instituciones reproducen su ideología, preparando a las niñas únicamente para ser madres bajo normas religiosas estrictas.
Frente a este panorama, otras mujeres como Curtis López-Galloway y Rocky Tishma, que vivieron años de represión religiosa en sus respectivos contextos en EE.UU., han alzado la voz en contra de modelos educativos que limitan el desarrollo personal en nombre de una doctrina.
“¿De qué sirve todo lo que aprendí si hoy estoy encerrada como mi madre?”, cuestiona Nargis. “Estudiamos para ser libres, pero hoy seguimos prisioneras”.