En 1867, Rusia vendió Alaska a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares, motivada por tensiones geopolíticas, dificultades de defensa y el creciente poder estadounidense en el Pacífico.

La próxima reunión entre Donald Trump y Vladimir Putin tendrá un matiz histórico peculiar, pues se celebrará en una antigua colonia rusa que Estados Unidos adquirió en 1867 por 7,2 millones de dólares: Alaska. El encuentro busca discutir la guerra en Ucrania y evaluar posibles concesiones territoriales para alcanzar un acuerdo de paz, irónicamente en un territorio que perteneció a Rusia hasta hace poco más de siglo y medio.
La venta de Alaska estuvo marcada por las tensiones geopolíticas de la época, especialmente tras la Guerra de Crimea (1853-1856). Rusia temía un ataque británico en el Lejano Oriente a través de América del Norte, y aunque este nunca ocurrió, la creciente influencia británica en el Pacífico y la expansión territorial de Estados Unidos —que ya había anexado Texas y California bajo la idea del «Destino Manifiesto»— mantenían al Imperio ruso inquieto.
Con dificultades internas, un territorio remoto y complejo de defender, y la amenaza de que Estados Unidos pudiera ocuparlo sin compensación, Rusia decidió vender Alaska. La sobreexplotación de sus recursos y el cambio de prioridades hacia el Lejano Oriente reforzaron esta decisión. Las buenas relaciones entre Moscú y Washington, unidas a la desconfianza compartida hacia el Reino Unido, facilitaron las negociaciones.
La compra, gestionada por el secretario de Estado William Seward, fue recibida con escepticismo en Estados Unidos y apodada por sus detractores como la «locura de Seward». Pese a rumores de sobornos y retrasos en el pago, con el tiempo se demostró que Alaska era una adquisición estratégica y económicamente valiosa, sobre todo tras el hallazgo de petróleo y gas. Lo que en su momento fue visto como un error, terminó siendo una de las inversiones territoriales más rentables de la historia estadounidense.