La leche de almendras bajo análisis científico por su impacto ambiental

Investigaciones científicas advierten que la leche de almendras, aunque reduce emisiones, implica alto consumo de agua y una fuerte dependencia de la polinización de abejas, especialmente en California.

La leche de almendras bajo análisis científico por su impacto ambiental

La leche de almendras se consolidó en los últimos años como una de las principales alternativas vegetales a los lácteos de origen animal. Sin embargo, distintas investigaciones científicas comenzaron a analizar con mayor profundidad su impacto ambiental, poniendo el foco en el uso intensivo del agua y en los efectos ecológicos asociados a la polinización, particularmente en California, estado que concentra cerca del 80% de la producción mundial de almendras.

Diversos estudios coinciden en que dos factores sobresalen en el análisis ambiental de esta bebida vegetal. El primero es el elevado consumo de agua necesario para el cultivo del almendro. El segundo es la estrecha relación entre la producción de almendras y la utilización masiva de abejas melíferas para garantizar la polinización de los cultivos.

Ante la consulta de Infobae, el investigador Agustín Sáez, del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA, CONICET-UNCo), explicó que aún no existen estudios concluyentes que demuestren un impacto directo y generalizado sobre la biodiversidad derivado del traslado masivo de abejas para la polinización del almendro. No obstante, advirtió que el proceso implica riesgos concretos para estos insectos. “El traslado implica un estresor muy grande, lo que puede derivar en mayores enfermedades y pérdida de colonias”, señaló, aludiendo a la mortalidad de abejas involucradas en el sistema productivo.

Uno de los aspectos más estudiados es la huella hídrica de la leche de almendras. Investigaciones publicadas en la revista Ecological Indicators por especialistas de la Universidad Estatal de California indican que los almendros en ese estado requieren, en promedio, 10 mil 240 litros de agua por kilogramo de almendra, lo que equivale a cerca de 12 litros de agua por cada almendra individual.

Este dato es respaldado por un artículo difundido en Journal of Cleaner Production, liderado por el investigador Vishal Khanpit, de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur. El estudio analiza la huella hídrica considerando todo el ciclo productivo, desde la agricultura hasta el procesamiento industrial, incluyendo el uso de agua para fertilizantes, electricidad y combustibles. Los autores concluyen que, si bien la leche de origen animal presenta una huella hídrica comparativamente menor, entre las bebidas vegetales la leche de almendras es la que mayor consumo de agua demanda.

La variabilidad geográfica también resulta significativa. En el norte de California, los rendimientos por hectárea son menores, lo que incrementa la huella hídrica, mientras que en el Valle Central, donde se concentra la producción, el acceso al agua subterránea es un factor determinante.

Frente a este escenario, en septiembre de 2025 la Universidad de California, la Junta de Almendras de California y el Departamento de Agricultura y Recursos Naturales firmaron un acuerdo para impulsar una producción más sostenible. La iniciativa apunta a reducir el uso de agua, avanzar en automatización del riego y desarrollar nuevas variedades de almendros en los próximos cinco años.

Según la Junta de Almendras, entre 1990 y 2010 se logró reducir en un 33% el consumo de agua por almendra, y desde 2018 el sector se propuso disminuir otro 20% para 2025. Para 2022 ya se había alcanzado el 75% de esa meta, y actualmente más del 80% de las plantaciones utilizan sistemas de microrriego.

En cuanto a las emisiones de gases de efecto invernadero, la leche de almendras presenta un mejor desempeño que la leche de vaca, con un promedio de 0,39 kilos de CO₂ equivalente por kilo, frente a los 1,29 kilos asociados a la producción láctea tradicional. Sin embargo, supera en huella de carbono a otras alternativas vegetales como la soja o la avena.

El impacto sobre las abejas constituye otro eje central del debate. La producción de almendras en California depende en gran medida de la polinización realizada por abejas melíferas. De acuerdo con un análisis de la Universidad de Illinois, en febrero de 2024 se requirieron alrededor de 2,7 millones de colonias para polinizar 1,4 millones de acres de almendros, lo que representó casi la totalidad de las colonias existentes en Estados Unidos en ese momento.

Marcelo Aizen, investigador superior del CONICET y del INIBIOMA, recordó que el estrés asociado al transporte de colmenas fue uno de los factores vinculados al colapso de colonias registrado en 2007. No obstante, señaló que actualmente se desarrollan variedades de almendro menos dependientes de polinizadores, como la variedad Independence.

Sáez explicó que estas variedades autocompatibles ya permiten una producción significativa sin polinizadores, aunque la presencia de abejas puede incrementar el rendimiento hasta en un 20%. A futuro, anticipó que el mejoramiento genético podría reducir aún más la dependencia de la polinización animal.

Especialistas coinciden en que ningún producto está exento de impactos ambientales. La ingeniera ambiental Julieta Vallejo subrayó que la evaluación debe realizarse mediante análisis de ciclo de vida, considerando huella hídrica, huella de carbono y efectos sobre los ecosistemas. “La sostenibilidad no depende solo del producto, sino de cómo y dónde se produce”, concluyó.

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