Una cadena de errores de cálculo, ultimátums ignorados y tensiones con Washington culminaron en una ofensiva estadounidense que puso fin al gobierno de Nicolás Maduro.

El desenlace del gobierno de Nicolás Maduro estuvo marcado por advertencias desoídas, tensiones diplomáticas crecientes y una ofensiva militar sin precedentes que transformó el rumbo político de Venezuela. Según testimonios de personas cercanas al círculo presidencial y funcionarios estadounidenses, una serie de decisiones estratégicas equivocadas terminaron por precipitar su caída.
A finales de 2025, mientras una flota de buques de guerra y aeronaves estadounidenses se desplegaba en el Caribe y el Pentágono diseñaba planes para capturarlo o eliminarlo, Maduro celebraba la Nochevieja en Caracas con familiares y allegados. De acuerdo con fuentes citadas por The New York Times, el mandatario se mostraba confiado en que Washington no ejecutaría una acción directa contra él.

Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, había advertido que lanzaría un ataque si Maduro no abandonaba el poder. Sin embargo, el presidente venezolano sostuvo ante su entorno que la Casa Blanca no se atrevería a intervenir militarmente. Incluso tras recibir mensajes indirectos transmitidos por intermediarios, entre ellos un empresario brasileño que había dialogado con Marco Rubio, Maduro interpretó las advertencias como presión negociadora y no como un ultimátum definitivo.
La tensión alcanzó un punto crítico tras una llamada telefónica sostenida el 21 de noviembre entre Trump y Maduro. El diálogo, breve y sin acuerdos concretos, dejó interpretaciones opuestas. Mientras Maduro consideró que había ganado tiempo para negociar, Trump concluyó que su contraparte no contemplaba seriamente la posibilidad de renunciar, lo que inclinó la balanza hacia el uso de la fuerza.
Posteriormente, Washington endureció sanciones, intensificó el despliegue militar y aplicó un bloqueo parcial a la industria petrolera venezolana, principal fuente de ingresos del país. La situación económica se deterioró con rapidez, generando divisiones internas en el oficialismo. Figuras como Diosdado Cabello impulsaban una postura de mayor confrontación, mientras la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumía un rol central en la administración económica y eventualmente fue reconocida por Estados Unidos como interlocutora tras la captura de Maduro.
El 3 de enero, aviones militares estadounidenses cruzaron el espacio aéreo venezolano y atacaron instalaciones estratégicas en Caracas, incluyendo bases militares como Fuerte Tiuna. La operación, en la que participaron aproximadamente 150 aeronaves, culminó con la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores. Según versiones oficiales, más de un centenar de personas murieron durante la ofensiva.
Tras la detención, funcionarios estadounidenses comunicaron a Rodríguez que los bombardeos continuarían si no cooperaba. Luego de verificar que Maduro permanecía con vida, aceptó asumir como presidenta interina. Días después, el exmandatario compareció ante un tribunal en Nueva York, donde enfrentó cargos por narcotráfico y se declaró “prisionero de guerra”.
El episodio representó el primer ataque extranjero en territorio venezolano en más de un siglo y redefinió la relación entre Washington y América Latina, inaugurando una etapa caracterizada por la llamada diplomacia armada. Analistas consultados coinciden en que la caída de Maduro obedeció no solo a la presión externa, sino también a una acumulación de decisiones políticas que lo aislaron interna y externamente.