Por primera vez en siglos, la policía de Israel impidió al Patriarca Latino celebrar la misa de Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro, citando restricciones de seguridad por la guerra; el acto fue condenado por el Vaticano, Francia e Italia.

La comunidad cristiana internacional ha reaccionado con profunda consternación ante un evento sin precedentes en la historia moderna de Jerusalén. Este domingo, la policía israelí bloqueó el acceso al Patriarca Latino de Jerusalén y al sacerdote de la Iglesia del Santo Sepulcro, impidiéndoles celebrar la tradicional misa de Domingo de Ramos. El Patriarcado Latino calificó el incidente como un «grave precedente» que ignora la sensibilidad de miles de millones de fieles que inician la Semana Santa con la mirada puesta en la Ciudad Santa.
La justificación oficial de las autoridades israelíes se basa en el estado de guerra que impera en la región desde finales de febrero. Según el comunicado policial, se han prohibido las grandes concentraciones en recintos religiosos (sinagogas, iglesias y mezquitas) y el acceso a la Ciudad Vieja se mantiene restringido debido a la dificultad para realizar maniobras de rescate o acceso de vehículos de emergencia en caso de un ataque. Aunque las autoridades eclesiásticas ya habían cancelado la multitudinaria procesión del Monte de los Olivos en un acto de responsabilidad, no esperaban que se impidiera el ingreso privado de los líderes de la Iglesia para los ritos litúrgicos básicos.
La respuesta diplomática no se hizo esperar. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, calificó el hecho como una «ofensa a la libertad religiosa» y anunció la convocatoria del embajador israelí. Por su parte, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, denunció una creciente violación del estatus de los Lugares Santos. En el Vaticano, el Papa León XIV utilizó su homilía para lanzar un contundente mensaje: «Nadie puede utilizar a Dios para justificar la guerra». El pontífice expresó su cercanía con los cristianos de Oriente Medio que, debido al «conflicto atroz», se ven privados de vivir plenamente los ritos más sagrados de su fe.
Este cierre ocurre en un contexto donde los actos públicos en Jerusalén han sido limitados a un máximo de 50 personas, pero la negativa de acceso incluso a los máximos jerarcas católicos marca un punto de ruptura en el respeto a las tradiciones milenarias de la zona. Mientras la guerra continúa, el símbolo de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén se vio reemplazado este año por calles vacías y retenes militares, dejando una huella de incertidumbre sobre el resto de las celebraciones de la Pasión y Resurrección.