El gobierno de Irán inició la distribución preventiva de pastillas de yodo entre la población cercana a la central nuclear de Bushehr, ante el temor de un accidente radiológico provocado por la creciente escalada militar con Estados Unidos.

La tensión en Medio Oriente ha pasado de la retórica política a la logística de emergencia sanitaria. En las últimas horas, el Ministerio de Sanidad de Irán activó un protocolo sin precedentes: la distribución de yoduro de potasio entre las familias que residen en un perímetro de 1,500 a 2,000 metros alrededor de instalaciones nucleares sensibles, principalmente cerca del reactor de Bushehr. La instrucción a los ciudadanos es tan simple como alarmante: recibir los tres comprimidos por persona, pero bajo ninguna circunstancia ingerirlos hasta que se emita una orden oficial por parte del Estado.
Esta medida surge tras el deterioro de la seguridad en la zona, donde el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha confirmado impactos de proyectiles en las inmediaciones de la central de Bushehr. A diferencia de otros precedentes históricos donde los ataques se dirigían a reactores en construcción, Bushehr es una planta operativa de 915 MW que sostiene gran parte de la red eléctrica iraní. Un incidente en este complejo no solo representaría un colapso energético, sino que podría provocar liberaciones radiactivas con consecuencias transfronterizas.
El reparto de yodo funciona como un «termómetro del miedo» y un mensaje geopolítico. El endurecimiento de las amenazas estadounidenses, centradas en infraestructuras críticas y rutas marítimas, ha provocado que la población civil traduzca el conflicto abstracto en un riesgo doméstico tangible. Las autoridades iraníes han advertido que el consumo de estas pastillas sin prescripción puede causar daños irreparables, intentando contener un posible pánico que derive en una crisis sanitaria por automedicación.
Paralelamente, el conflicto amenaza con desbordarse hacia la economía global. El Estrecho de Ormuz, punto por donde transita más de una cuarta parte del comercio mundial de petróleo, se encuentra en el centro de la disputa. Un incidente cerca de Bushehr no solo activaría alertas radiológicas, sino que dispararía las primas de seguro y encarecería las rutas comerciales, impactando directamente en la inflación y los precios de energía y alimentos a nivel mundial. Mientras las pastillas de yodo se reparten de casa en casa, la diplomacia parece haber pasado a un «modo contención» para evitar lo que hasta hace poco parecía impensable.