Beijing negocia con Teherán un salvoconducto para sus buques en el Estrecho de Ormuz, tras el cierre de la vía que suministra casi la mitad del petróleo que consume China.

La segunda economía más grande del mundo, China, ha iniciado gestiones diplomáticas de alto nivel con el régimen de Irán para garantizar la seguridad de sus suministros energéticos. El Estrecho de Ormuz, una vía por donde transita el 20% del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL), se encuentra prácticamente paralizado tras seis días de hostilidades abiertas entre Irán y la coalición liderada por Estados Unidos e Israel.
Para China, la situación es crítica: el país obtiene aproximadamente el 45% de su crudo a través de este estrecho. La parálisis ha reducido el tránsito de 24 petroleros diarios a tan solo cuatro, dejando a cerca de 300 embarcaciones varadas en la zona. Ante este escenario, Beijing presiona a su aliado comercial para que permita el flujo de buques de propiedad china o aquellos que transportan suministros clave, como el gas qatarí.

Impacto en los mercados y excepciones de paso
El conflicto ya ha provocado un incremento superior al 15% en los precios internacionales del crudo. Irán ha sido enfático al declarar que ningún buque perteneciente a Estados Unidos, Israel o sus aliados europeos tiene permitido el paso. Sin embargo, en esta restricción no se mencionó a China, lo que ha abierto una ventana de oportunidad para el gigante asiático.
Un ejemplo de esta dinámica se observó con el buque Iron Maiden, que logró cruzar el estrecho tras modificar su señalización a “armador chino”. Según ejecutivos de la industria, actualmente solo barcos con bandera o intereses chinos e iraníes logran transitar, mientras que el resto del comercio global —incluyendo el transporte de azúcar y otras materias primas— enfrenta bloqueos discrecionales.

Desestabilización regional
La estrategia de Irán no solo se limita al bloqueo marítimo; sus ataques con misiles contra instalaciones energéticas y objetivos en países como Azerbaiyán, Turquía y Chipre han desestabilizado las cadenas de suministro globales. Las principales economías han emitido alertas sobre riesgos inflacionarios inmediatos si el flujo en Ormuz no se restablece parcialmente. Beijing, aunque mantiene una relación amistosa con Teherán, ha mostrado su descontento por la afectación a su seguridad energética, subrayando que su dependencia de los hidrocarburos del Medio Oriente vuelve insostenible un cierre prolongado de la vía.