Expertos cuestionan las garantías de la OMS sobre el hantavirus cepa Andes tras el brote en el crucero Hondius, señalando que su número de reproducción, su posible transmisión aérea y un periodo de incubación de hasta 40 días lo hacen más peligroso de lo que se reconoce oficialmente.

Mientras los últimos pasajeros del crucero MV Hondius desembarcaban tras confirmarse al menos siete casos de hantavirus a bordo, investigadores y expertos en salud pública han comenzado a cuestionar si las autoridades sanitarias internacionales están comunicando con precisión los riesgos reales que representa la cepa Andes de este virus.
El punto de partida del debate es el brote ocurrido en 2018 en Epuyén, una pequeña localidad rural de la Patagonia argentina, provocado por la misma cepa involucrada en el caso del crucero. Según un estudio publicado en The New England Journal of Medicine, todo comenzó cuando una persona infectada asistió a una fiesta de cumpleaños con alrededor de 100 invitados. Aunque la persona estuvo presente menos de dos horas, cinco asistentes que no estaban necesariamente sentados a su lado enfermaron posteriormente. Uno de ellos terminó infectando a otras seis personas, incluida su cónyuge, antes de fallecer. En el velatorio, diez personas más se contagiaron a través de esa misma cónyuge. Solo entonces las autoridades aplicaron medidas estrictas de cuarentena que lograron contener el brote.
Gustavo Palacios, autor principal de ese estudio, explicó que los investigadores concluyeron que el virus se propagaba a través de secreciones respiratorias, no únicamente mediante contacto físico directo. La experta en transmisión aérea Linsey Marr coincidió con esa lectura al analizar el mismo estudio, señalando que los datos sugieren firmemente que se está produciendo una transmisión aérea. Palacios y su equipo calcularon además que el número medio de reproducción del virus Andes es de 2.1, lo que significa que cada persona infectada contagia en promedio a poco más de dos personas, un nivel comparable al de la cepa original del virus causante de la covid-19 en los primeros meses de 2020.
Estas cifras contrastan con el mensaje que la Organización Mundial de la Salud ha sostenido públicamente, asegurando que el hantavirus solo puede transmitirse mediante contacto estrecho y prolongado y que es improbable que se propague ampliamente en la población general. Aunque la OMS actualizó recientemente su definición para incluir la exposición en espacios cerrados o compartidos y la proximidad cercana, los expertos consideran que estos cambios se hicieron con escasa difusión y que aún no capturan el perfil de riesgo completo del virus.
Otro elemento que complica la gestión del brote es el periodo de incubación. El estudio de Palacios revela que este puede extenderse hasta 40 días, un lapso inusualmente prolongado que dificulta el rastreo de contactos y la contención. Esto cobra especial relevancia en el caso del crucero Hondius: una pasajera que desembarcó en Santa Elena el 25 de abril viajó en avión a Sudáfrica sintiéndose enferma, se desmayó al llegar al aeropuerto y murió poco después. Si el periodo de incubación puede llegar a 40 días, en el momento de escribirse este análisis aún faltaban semanas para confirmar si todos sus contactos permanecían libres de la enfermedad. Hasta el momento, las autoridades sudafricanas habían identificado 97 posibles contactos en el país y contactado a 90 de ellos para someterlos a vigilancia mediante controles diarios de temperatura y síntomas.
Palacios también expresó preocupación por las diferencias entre el contexto del brote de 2018 y el escenario actual. Contener un brote en una aldea aislada durante la estación seca es una situación muy distinta a hacerlo en un crucero con condiciones de humedad oceánica, o entre personas que viajan en avión atravesando distintos países y continentes. El investigador señaló además que las 48 horas previas a la aparición de síntomas deben considerarse un periodo de alto riesgo, dado que la carga viral en el organismo aumenta antes de que la enfermedad se manifieste clínicamente.
El trasfondo más amplio de este debate apunta a lecciones no aprendidas. Tras la pandemia de covid, la epidemia de SARS de 2002 y el propio brote de Epuyén, los expertos observan patrones que se repiten: mensajes tranquilizadores que no reflejan la incertidumbre real, definiciones de transmisión que evolucionan con lentitud y poca claridad, y una tendencia a subestimar el fenómeno de la superpropagación, en el que una sola persona puede infectar a un gran número de personas bajo las circunstancias adecuadas, desencadenando cadenas de transmisión difíciles de controlar.
Lo que los especialistas reclaman no es alarmar a la población, sino informarla con precisión: explicar las vías de transmisión conocidas y las que aún se investigan, comunicar el largo periodo de incubación y reconocer abiertamente la incertidumbre inherente a un virus sobre el que existen apenas tres décadas de datos y alrededor de tres mil casos humanos documentados.