Ciudad de México enfrentó severas inundaciones agravadas por grasa y basura en el drenaje, principalmente provenientes de taquerías y comercios, según autoridades y expertos.

La reciente temporada de lluvias en Ciudad de México, considerada por las autoridades como la más intensa en cuatro décadas, generó un caos urbano que afectó viviendas, vialidades, transporte público y hasta el aeropuerto. Las inundaciones, cada vez más frecuentes, obedecen a una combinación de factores ambientales y estructurales: el cambio climático, el uso de un sistema de drenaje envejecido, el acelerado crecimiento urbano y el hundimiento progresivo de la ciudad. Sin embargo, uno de los elementos que inciden directamente —y que puede ser controlado por la población— es la acumulación de basura y grasa en las tuberías.
De acuerdo con Ricardo Munguía, responsable de supervisar la infraestructura hidráulica del sistema de agua y alcantarillado de la capital, aproximadamente cuatro de cada cinco encharcamientos se originan por obstrucciones de materiales que no deberían terminar en las coladeras. Entre ellos, destacó especialmente la grasa proveniente de restaurantes, taquerías, tianguis y negocios de comida. “Te lo imaginas con una capa en las arterias de grasa, como colesterol”, explicó al describir cómo estos residuos se solidifican con el tiempo y forman verdaderos bloques que impiden el flujo del agua.

Habitantes de diversas zonas de la ciudad coinciden en señalar que la falta de cultura cívica contribuye al problema. Gloria Pantaleón Heredia, residente del norte capitalino, criticó a los establecimientos que tiran aceite por las coladeras y a los vecinos que no recogen su basura. “Tenemos la culpa nosotros como ciudadanos”, afirmó, mientras sostenía una escoba y llamaba a asumir responsabilidad individual.
Aunque otras ciudades del mundo como Londres y Nueva York también enfrentan problemas similares —como los llamados “fatbergs”, masas de residuos grasos que pueden alcanzar toneladas—, la situación de Ciudad de México es especialmente delicada. Su construcción sobre un antiguo valle lacustre y la sobreexplotación del acuífero provocan hundimientos de hasta 50 centímetros al año, lo que agrava todavía más las condiciones del drenaje. Las tuberías, que tienen en promedio cincuenta años de antigüedad, ya no responden a las demandas de una metrópoli que supera los 23 millones de habitantes.
Mauricio González González, director de Servicios Urbanos en la alcaldía Cuauhtémoc, señaló que la infraestructura fue diseñada para una ciudad que ya no existe. “Está lloviendo más, entonces agrava cuando el drenaje evidentemente está diseñado para una ciudad de hace 50 años”, explicó. Sumado a esto, la gastronomía callejera, uno de los símbolos de la capital, contribuye involuntariamente al problema. Con más de 10.000 taquerías registradas, además de vendedores no censados, la generación constante de aceite, grasa y restos de alimentos se convierte en un reto diario para el sistema hidráulico.
Omar Arellano-Aguilar, especialista en evaluación de riesgos ambientales, subrayó que los habitantes deberían ser más conscientes del impacto de los alimentos fritos y guisados que se consumen a diario. Además, criticó la falta de políticas preventivas eficaces por parte del gobierno capitalino.
Aunque la ley ordena a los establecimientos disponer adecuadamente de sus residuos —ya sea mediante recolección especializada o centros autorizados—, las autoridades reconocen que muchos negocios simplemente tiran la grasa por el fregadero o las coladeras. Allí, el residuo se endurece hasta formar piezas semejantes a rocas claras, extremadamente difíciles de remover. Munguía señaló que, a diferencia de la basura, la grasa no se disuelve con agua y requiere maquinaria especializada para su extracción, como camiones de desazolve equipados con mangueras de alta presión y tubos de succión.
Algunas alcaldías han comenzado a implementar campañas para advertir sobre el daño causado por la grasa y la basura. En Cuauhtémoc, por ejemplo, se lanzó un programa para recolectar aceite usado en mercados. No obstante, González González reconoció que la irregularidad del comercio ambulante dificulta supervisar y sancionar a quienes incumplen.
Vendedores como Ignacio Rodríguez, dedicado al chicharrón, aseguran que él y otros trabajadores sí filtran su aceite y desechan adecuadamente la manteca, aunque admitió que muchos no lo hacen. Para él, las multas estrictas serían un incentivo para promover mejores prácticas.
Con el fin de la temporada de lluvias en octubre, comienza el periodo de mayor carga para los equipos de Munguía. Estos se dedican a limpiar tuberías, retirar raíces y reemplazar conductos dañados. La ciudad, afirmó, ha incrementado su capacidad de respuesta con la compra de 40 camiones adicionales de desazolve.
Durante una jornada reciente en el centro histórico, al abrir una coladera, los trabajadores percibieron un fuerte olor. Tras retirar escombros y utilizar agua a presión, lograron desalojar un bloque de grasa de aproximadamente medio metro, confirmando nuevamente que estos residuos se han convertido en uno de los principales adversarios del drenaje en Ciudad de México.