Adicción digital y ciberacoso ponen en riesgo a la infancia en México.

El uso temprano y sin supervisión de dispositivos ha generado adicción, ciberacoso y violencia digital entre menores en México, configurando una emergencia nacional, advierte Josefina Vázquez Mota.

Adicción digital y ciberacoso ponen en riesgo a la infancia en México.

El acceso generalizado a dispositivos móviles y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes en México ha propiciado un entorno en el que aumentan la adicción digital, el acoso en línea, la manipulación emocional y los riesgos derivados del contacto con desconocidos. Así lo expone Josefina Vázquez Mota en su libro Mamá, papá, me hiciste adict@. ¡Ayúdame!, ¡te necesito!, basado en encuentros directos con miles de estudiantes y testimonios recopilados a lo largo de un año.

El diagnóstico describe a una generación que utiliza dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, frecuentemente sin acompañamiento adulto y dentro de plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia. Según la autora, esto ha derivado en una combinación de sobreexposición, vulnerabilidad emocional y ausencia de supervisión en muchos hogares.

Entre los testimonios más alarmantes, Vázquez Mota relata el caso de una niña de nueve años que, al hablar sobre violencias digitales frente a cientos de compañeros, narró cómo mantenía contacto con adultos a través de una computadora que su madre dejaba encendida. La menor describió interacciones de carácter sexual con personas mayores, a quienes identificaba como su único acompañamiento cotidiano.

La autora advierte que las redes de pornografía han dirigido su atención a víctimas cada vez más jóvenes. De acuerdo con datos de Save the Children citados en el libro, la exposición a contenidos pornográficos puede comenzar entre los 7 y 8 años a través de plataformas como TikTok o videojuegos, y para los 12 años su consumo es ya ampliamente generalizado.

Otro testimonio describe cómo un menor, tras recibir un videojuego sin orientación, comenzó a interactuar con desconocidos que ocultaban su identidad. A partir de amenazas, fue obligado durante años a enviar imágenes íntimas, hasta que finalmente buscó ayuda en su familia sin recibir respaldo. Estos relatos, señala la autora, reflejan una problemática extendida y silenciosa.

Vázquez Mota también documenta encuentros con padres de familia, en los que más del 99 por ciento reconoció haber expuesto a sus hijos a pantallas desde los primeros meses de vida. Esto, explica, provoca descargas tempranas de dopamina que pueden detonar procesos de ansiedad y adicción desde edades muy tempranas.

En México, la situación se agrava debido a la falta de regulaciones efectivas. A diferencia de países que restringen el acceso a plataformas digitales a menores de 16 años, el mayor grupo de usuarios de internet en el país se encuentra entre los 6 y 17 años. De ellos, nueve de cada diez tienen acceso a internet y siete de cada diez utilizan redes sociales de forma cotidiana.

Las encuestas realizadas por la autora revelan que 60 por ciento de los estudiantes pasa al menos cinco horas diarias frente a una pantalla, mientras que la mayoría dedica entre siete y hasta quince horas a videojuegos. Muchas de estas actividades ocurren durante la noche, cuando los menores no duermen y están más expuestos a contenidos violentos, pornográficos o a interacciones con desconocidos.

Según Vázquez Mota, más del 80 por ciento de los menores reconoce hablar con extraños en redes sociales, lo que los expone tanto a pederastas como a redes del crimen organizado. Relata además el caso de una adolescente que, tras conocer a un adulto en línea, fue llevada a otro estado, asesinada y posteriormente calcinada.

La autora subraya que México se encuentra entre los primeros lugares en ciberbullying y ciberacoso escolar, con siete de cada diez menores afectados. Este fenómeno, señala, está estrechamente ligado a trastornos de salud mental, como la autolesión, una conducta que la mayoría de los estudiantes reconoce haber visto o experimentado en su entorno cercano.

En la segunda parte de su libro, Vázquez Mota ofrece herramientas para padres de familia, como el uso de controles parentales, asociaciones de apoyo y guías para comprender el lenguaje digital de los menores, incluidos emojis que pueden tener significados asociados a pornografía, autolesiones o contacto con grupos criminales.

Finalmente, hace un llamado a la corresponsabilidad entre familias, escuelas, plataformas tecnológicas y autoridades. Propone fortalecer la verificación de edad, regular algoritmos, sancionar a plataformas sin mecanismos de protección infantil y actualizar la legislación mexicana para tipificar delitos cibernéticos y reforzar a las policías especializadas. Para la autora, la situación constituye una emergencia nacional que exige una respuesta integral e inmediata.

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