Cientos de sobrevivientes denuncian un resurgimiento encubierto de la terapia de conversión, una práctica pseudocientífica que deja heridas emocionales profundas y sigue afectando a miles en Estados Unidos.

Curtis López-Galloway recuerda cada viaje en silencio desde su casa hasta la consulta de su consejero cristiano. Años después, revisó su expediente: su plan de tratamiento incluía “limitar contacto con personas homosexuales” y “estudiar a mujeres para generar atracción”. La terapia no lo sanó, solo sembró vergüenza. Hoy lidera la Red de Sobrevivientes de Terapia de Conversión, con más de 100 miembros. “Es un tipo específico de trauma… solo alguien que lo ha vivido sabe cómo es”, afirma. “La terapia de conversión arruina vidas”.
Andrew Pledger fue otro joven empujado al abismo. Creció en una iglesia bautista fundamentalista en Carolina del Norte y fue sometido a una sesión en la Universidad Bob Jones. Grabó el momento. Lo recuerda como un trance. Lo sacaron de la universidad poco después. Hoy, aunque lucha con secuelas internas, afirma: “Estoy en paz conmigo mismo y con mi sexualidad. No quiero cambiarlo”. Trabaja con organizaciones que ayudan a sobrevivientes de coerción religiosa.
La terapia de conversión ha cambiado de forma: ya no se ofrece abiertamente como antes, sino disfrazada de “acompañamiento espiritual” o “terapia de identidad”. Aunque más de 20 estados prohíben su uso en menores, legisladores conservadores están revocando esas leyes, como sucedió en Kentucky y Wisconsin. Grupos como el Movimiento Cambiado afirman que se trata de libertad religiosa, pero múltiples asociaciones médicas la condenan como peligrosa e ineficaz.
El Instituto Williams de la UCLA descubrió que quienes se someten a estas terapias tienen el doble de riesgo de intento suicida. Líderes como John Smid, exdirigente de Love in Action, hoy lamentan el daño causado: “Le hicimos daño a la gente. No lo hicimos intencionalmente. Pero sé que lo hicimos”. Las historias se repiten: personas vulnerables expuestas al rechazo, al miedo, al intento de suprimir su esencia.
Pero también hay señales de esperanza. Pledger, López-Galloway, Tishma y muchos más han encontrado formas de reconstruirse. La salida no es fácil, pero es posible. Lo que una vez se impuso como castigo, hoy puede transformarse en una historia de liberación.